El
compromiso ético de la escuela pública, es buscar las barreras que impiden la
el respeto, la participación, la convivencia y el aprendizaje de los niños y
niñas. Por ello debemos buscar las estrategias para reconducir la inclusión.
Pero no es fácil ya que implica cambios en el profesorado, el alumnado, la
familia, el currículo, las organizaciones del tiempo y el espacio, las
evaluaciones, etc., en este caso vamos a hablar de cómo podríamos cambiar la
organización del tiempo y el espacio que fomenten la inclusión en una escuela
pública.
Primero
y lo más importante, vamos a pensar que esta organización debe favorecer la
conversación y el diálogo, porque como dice Melero, Caterí y Piedad (2011):
“El
aprendizaje se produce cuando las personas se relacionan y se comunican, ya sea
en asamblea o en grupos diversos, heterogéneos”
En
fin, ¿y si en vez de ser como el modelo tradicional con las sillas delante de
la mesa del profesor, fuera todo diferente, en círculo, donde todos nos veamos
las caras y podamos conversar juntos? Lo común conforta, lo diferente estimula.
Por una escuela inclusiva, donde lo diferente encierra grandes oportunidades de
aprendizaje.
En una escuela pública tradicional, el horario semanal es similar al de la imagen. Sin embargo, nosotros consideramos que en una escuela inclusiva no debe haber un horario establecido donde se realicen separaciones de asignaturas, es decir, creemos que debería haber un tiempo establecido para el recreo o los descansos y otro tiempo que se emplee para realizar proyectos, trabajos cooperativos, asambleas, etc. En este horario, no hay separaciones de asignaturas ya que en una situación problemática entran todas las materias unidas.

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